martes, 25 de octubre de 2016

Escudella, el plato que permite repetir

Acabo de oír por la radio que se ha hecho una encuesta para saber cuál es el plato preferido de los catalanes y resulta que los votantes ha elegido la escudella i carn d’olla, lo que supone que los gustos no han cambiado respecto a los que imperaban hace décadas, si es que hemos de creernos los resultados de la encuesta.
Este cocido de dos vuelcos, ciertamente representativo de la cocina catalana, de norte a sur (en el sur se llama olla*, al igual que en Valencia), ha triunfado sobre el pan con tomate, lo que ya me ha sonado a chiste, puesto que el pan con tomate no es un plato, pero lo que ya me ha desternillado ha sido que un cocinero de relumbrón haya presentado a la confrontación un carpaccio de caracoles a la llauna con un gran éxito, o eso han dicho.
La verdad es que son muchos cocineros laureados o en busca de laureles que han perdido el sentido del ridículo, pero hay un público snob que les aplaude.
Olla barrejada del restaurante La Cassola, 
de Gratallops. © Jordi Rueda.

Plato de faves a la catalana servido en el restaurante El Felino, de Barcelona, 
dentro del menú del día.  © Jordi Rueda 
Yo amo la escudella desde niño. 
En mi casa la comíamos en invierno los jueves y el día de Navidad, preludiando al pollo relleno (de rovellons, prunes, piñones…).
Los restos de la carn d’olla, pasados por la sartén, eran el sumo placer de la cena.

Un siglo atrás, la gente acomodada comía la escudella a diario y también los domingos, algo más generosa en vianda. Si hay un plato que no cansa, que no satura el paladar, es la escudella. Repetir siempre es un placer, incluso sin apetito.

DIFÍCIL DE COMER EN BARCELONA

Ahora y desde hace muchos años, no resulta fácil encontrar escudella en los restaurantes de Barcelona. En Madrid sí es posible comer cocido a diario. A mi me gusta el de La Bola, en La Bola, 5, cerca de Ópera, o el lujoso de Lhardy (Carrera de San Jerónimo), entre otros que son considerables. 
Años ha, en Santiago de Compostela, un amigo y yo nos pasamos tres días tratando de enfrentarnos a un buen cocido gallego. Era otoño y final nos dimos por satisfechos con el que elaboraban habitualmente en una tasca cercana al Hospital General, aunque a mi amigo, compostelano él, no le entusiasmó. Cocido ubérrimo, memorable, el lebaniego que ofrece el Mesón del Oso, en Cosgaya, en el Valle de Liébana, Cantabria.

En Barcelona, y a partir de octubre, se encuentran algunas escudelles barrejades en los menús del día (de lunes a viernes) como primer plato, que suelen estar riquísimas, pero el segundo suele ser carne o pescado en distintas elaboraciones sencillas. Aunque también hay restaurantes que la tienen con carn d’olla, como reclamo de vez en cuando o incluso un día a la semana.
O sea, que me temo que citar la escudella i carn d'olla como plato preferido de los catalanes es pura teoría o mero postureo, respetando posibles casos de misterioso atavismo.
Yo, en mi caso particular, me inclino por las habas o faves a la catalana, que considero el mayor acierto gastronómico del Mediterráneo. Condimentadas sin excesos de grasa y con poca sal son mi plato de elección en toda época… y de segundo, cualquier cosa, pues ya nada puede superar la armonía de sabores de unas habas bien hechas. Y esto no es teoría. Lo juro por el alma que no le vendí al diablo.

Estoy empezando a sentir melancolía, en unos días le pondré remedio en una mesa pública de El Priorat.

J.R.

* La olla, en el sur de Cataluña, se sirve al comensal en un solo plato hondo, aunque cuando los pueblos celebran su fiesta mayor se concierte en cocido de dos vuelcos.


sábado, 22 de octubre de 2016

Son dulces las quimeras cuando la lluvia es dulce

Orvalla. Es otoño.
Se doran las hojas de la acacia
y avisan de su dulce decadencia.

Las hojas morirán, pero no la acacia.

Nuestra pasión,
que era del color de las cerezas,
rojo sangre,
parece diluirse lentamente,
pero en tus facciones y en las mías,
bajo la caricia suave de la lluvia,
se asienta una amistad enamorada,
tranquila y limpia,
que no teme atravesar el tiempo.

Cruzaremos el invierno.
Las acacias, mientras tanto,
se vestirán de verde nuevamente,
preparando el estallido de sus flores,
rojas o blancas o amarillas,
ávidas de sol para lucirse.

Hay vida en los colores,
incluso en este gris que traspasamos.

Estamos empapados del orvallo
y se han pegado en nuestras ropas
muchas hojas doradas.
Son hojas muertas que se llevará el viento.

Nosotros, como la acacia, reverdeceremos.
Y vendrá, después, otro tiempo de cerezas.

Son dulces las quimeras cuando la lluvia es dulce.

viernes, 21 de octubre de 2016

Las palabras quedas no se las lleva el viento

El susurro es voz íntima.
Soplo cálido en la tarde fría,
manifiesta sin apremios un amor
que quiere perdurar. 

Anuncia besos,
acompaña besos
y el susurro mismo es como un beso. 

Su mensaje es más firme que el del grito. 

Hay sentimientos que llegan más adentro
si se dicen al oído, suavemente:
Te quiero, te deseo, te querré siempre,
por ejemplo. 

Las palabras quedas no se las lleva el viento.

martes, 18 de octubre de 2016

Con pausas

El grito es voz urgente.
Le sale fácilmente al que teme morir.
Grita también la gente apresurada
que huye de sí misma, de su miedo a vivir.
.
Tú dices amar la melodía.
Yo, la cadencia de un poema. 

Creo que nos entenderemos bien.
Con pausas.

domingo, 16 de octubre de 2016

El naranjo y la luna

 Los naranjos son árboles hermosos y elegantes.
Exhalan azahar en primavera,
un aroma que estimula nuestro cuerpo
gajo a gajo,
y algunas noches de otoño
sostienen una luna llena
encima de sus copas, 
siempre verdes.

Hay más enigmas en la luz que en la penumbra.

viernes, 14 de octubre de 2016

Yo era el que enhebraba las agujas

Aquellas tarde de invierno,
a la luz insuficiente de una lámpara flexo
mi madre remendaba mi ropa,
recosía los botones de la camisa nueva de mi padre
y zurcía los calcetines de mi hermano,
aunque era yo quien enhebraba las agujas.

Cada vez que se le acababa el hilo
yo interrumpía la lectura de Miguel Strogoff
para enhebrar la aguja.
Lo hacía deprisa. Me satisfacía aquella eficiencia mía,
aunque a mi madre le hubiera convenido que me demorara
para que sus ojos descansaran un momento más.
Yo era ajeno a eso.
No sabía que las madres se cansaban
y, además, estaba viajando en un trineo tirado por perros.
Iba con prisas. No podía detenerme demasiado
en mitad del frío siberiano.

Hoy, décadas después, 
quería empezar a dar la vuelta al mundo
en 80 días, como la di de niño,
pero se me ha caído un botón de la camisa
y el agujero del bolsillo del pantalón es cada vez mayor.
Debo coserlos.
Sé que me costará enhebrar las agujas. 
Si no lo consigo después de unos intentos,
dejaré el inicio del viaje para otro día.
Mis ojos y mi cabeza están cansados.
Esperaré a mañana para coser.
Le pediré a mi compañera,
que ahora duerme,
que me enhebre la aguja.
Ella no cose nunca.
Si una prenda se rasga, la tira.
Así tiene un motivo para darse
una vuelta por Zara o por Mango
u otras tiendas de precios ajustados
o no tanto
para comprar una nueva. 

Coseré mañana, sí. Mis ojos, 
como los de mi madre antaño,
están cansados, 
pero mi cabeza se despereza
recordando que fui un niño 
que enhebraba las agujas con rapidez
para continuar leyendo enseguida
las aventuras de los personajes de Julio Verne.

jueves, 13 de octubre de 2016

Diva mentirosa

Te ves muy hermosa cuando mientes. 
A veces te recreas un instante en tu belleza, 
pero enseguida vuelves a tus cuentos
y te sientes orgullosa de que todos
los demos por veraces, tan veraces 
que tú misma te los crees.

Mas no son tus cuentos lo que nos fascina,
si bien algunos están muy bien trabados,
son tus gestos satisfechos de diva del engaño,
de diva que se engaña al engañarnos... 
gestos de diva, al fin y al cabo.

El hombre inteligente, sin embargo,
debe rendirse ante una creadora
capaz de inventarse las verdades
y narrarlas cual vividas realidades.

Tú eres una gran artista en esas cosas,
pero, ay, 
no repitas de nuevo que me adoras
porque acabarás por creerlo,
mentirosa.

lunes, 10 de octubre de 2016

Subir, subir

Llevas mucho tiempo subiendo y bajando montañas.
Cada vez que alcanzas una cumbre ves que más allá hay otra montaña más alta.
La observas, bajas, cruzas el valle y te pones a trepar por su empinada cuesta,
llegas a la cima y observas que más allá vuelve a haber una montaña más alta.
Desciendes de nuevo, cruzas un valle,
lo cruzas casi sin ver sus árboles, ni las casas, ni las fuentes, ni las flores silvestres,
tienes prisa, no sabes por qué, pero tienes prisa,
pasas junto a un estercolero tan rápido que no necesitas taparte la nariz.
Llegas al pie de la montaña más alta.
Subes, subes, escalas sus mayores pendientes…
Llegas a la cumbre, por fin, y exhausto, ves al otro lado otra montaña…
Es mucho más alta.
Respiras, desciendes, cruzas el valle,
no ves a los campesinos, no ves los trigales ni los almendros.
No ves los cerezos ni los nísperos,
no ves el pueblo ni la tapia del cementerio
ni a las niñas que van a clase de gimnasia ni a los ciclistas con maillots de colores
ni a las cosechadoras conducidas por hombres con sombrero.
No ves al vagabundo sucio que arrastra los pies por la carretera.
No escuchas al pregonero que hace saber que ha muerto un buen vecino.
Avanzas, avanzas, llegas al pie de la montaña.
Una mujer hermosa te sonríe y te ofrece un vaso agua.
Bebes. Tenías sed. Sin darle las gracias, sin mirarla siquiera, empiezas a subir…
La cuesta arriba es dura y esta montaña es muy alta.
Conforme subes y subes te parece que cada vez lo es más,
que crece y se desnivela más y más.
No llegarás.
Te detienes, resoplas, miras abajo… piensas en abandonar…
No, no abandonas. Subes. Subes. Subes.
Puedes llegar, puedes, sí.
Ya estás un paso.
Franqueas las últimas rocas que barraban el paso a la cumbre.
Llegas, ya estás arriba. Arriba de todo.
Para tu asombro no hay al otro lado ninguna montaña más.
Has llegado por fin a la cumbre más alta de todas las cumbres.
Has llegado. ¡Has llegado!
¿Y ahora qué?
Te mereces un descanso. Te sientas. Hace frío. Tienes frío.
Te sorprendes mirando abajo.
Nunca habías pensado en bajar una montaña salvo para volver a subir a otra más alta.
Bajarás. Tienes frío. Angustia.
Descenderás por la cara norte.
Tienes vértigo. Das un paso. No hay camino… 
Resbalas. Caes. Ruedas por un nevero sin fin.
Mientras caes te parece que ves árboles, fuentes, campesinos, cerezos, nísperos, un almendro, niñas faldicortas que van a gimnasia, ves un pueblo,
oyes al pregonero.
El pregonero dice tu nombre.

La parte de adentro de la tapia del cementerio casi no se ve.
Hay varios cipreses antepuestos. Enhiestos.
Quieres ver sus puntas, pero desde el interior del nicho ya no se ve nada,

domingo, 9 de octubre de 2016

Otoño

Iremos al bosque a buscar setas.
Miraremos que no haya nada vivo bajo sus sombreros
y las cortaremos con mucho cuidado.
Con mucho cuidado.
Podríamos herir o dejar sin casa a un enanito.

sábado, 8 de octubre de 2016

Las tres nubes

Desnudos en un claro del bosque
vimos la nube de los mil colores,
una nube hecha de mariposas 
que descendían hacia nosotros.
mientras las escamas de sus alas
se desprendían y el aire se irisaba.

Nos miramos y éramos de colores,
las escamas habían sido atraídas
por nuestros cuerpos desnudos
que ya tenían todos los colores 
de las alas de las mariposas.

Levantamos la vista hacia lo alto,
donde ya no estaba la nube,
y decidimos volar.
Volamos. Volamos sin alas.
Las copas de los árboles, abajo,
eran verdes y nuestros cuerpos
eran de colores trasparentes.
Irisábamos el aire.

Vimos otra nube, 
una nube de luz que iba de viaje 
que pasó a nuestro lado
sin herirnos en los ojos.

Vimos por arriba una nube más, 
oscura, grande.
Se detuvo y descargó 
toda el agua de los cielos
sobre nuestros cuerpos 
llevándose aquellos colores.
que ya creíamos propios..

No pudimos volar más.
y caímos en un campo yermo y pardo.
Nos miramos y sentimos vergüenza y frío.
Estábamos desnudos,
completamente desnudos.

Nos dimos la espalda,
nos agachamos para arañar el suelo
y cada cual se cubrió como pudo
con el polvo pardo de la tierra yerma.

La vergüenza de haber perdido los sueños
y la imaginación nos alejó.
Ni siquiera fuimos capaces de decirnos adiós. 
También habíamos perdido la urbanidad.

Si nos viéramos ahora, no nos reconoceríamos.
La vulgaridad nos ha igualado tanto
que no somos nada.
.


.







martes, 4 de octubre de 2016

Cuques de llum rebels

A on van els transeünts? Què esperen trobar?
Per què són tants els que corren?
En les seves cares n'hi ha incertesa i esperança
a parts iguals.
Tots, però, busquen el mateix sense saber-ho:
paraules enceses.

Molts, els que tenen mandra de caminar,
s'apinyen a les parades d'autobús.
Prenen línies diferents, però totes van al mateix lloc:
l'aiguamoll on en la nit s'exhibeixen insectes luminescents
cridant a l'amor.

Els que no s'adormin
veuran aviat a les alades cuques de llum rebels
pujant cap al cel,
centellejant en el seu assalt a l'horitzó fosc.

Uns altres, amb els ulls tancats,
escoltaran, escoltaran,
escoltaran per si sonen paraules,
paraules enceses que encenguin els ulls.


D'altres, ben adormits, patiran un mal son.
Aquests hauran d'esperar una altra nit
per veure les alades cuques de llum rebels, 
les que porten paraules enceses,
paraules enceses d'amor.


lunes, 3 de octubre de 2016

Los buenos viajeros

Los buenos viajeros preguntan si hay fuentes en el camino,
nada más.
Yo, como ellos, tengo sed, pero no destino.

domingo, 2 de octubre de 2016

Rastros

Cabezas borrosas de animales desconocidos asoman por el horizonte
¿soy yo quien los mira o son ellos quienes estiran el cuello para verme?
¿Viene el invierno hacia mí o soy yo quien avanza hacia él?
¿Camina la vida hacia la muerte
o es la muerte quien busca una presa en mí?
¿Moriré de frío? 
¿Moriré de asfixia?
¿Moriré?
Y si muero, una vez muerto 
¿me amará alguien todavía?

Los muertos no aman.
Y no recibe nada
el que nada puede dar.

Nadie puede amar a quien no ama a nadie.
Pero yo que he amado tanto
y he dejado tantos rastros de amor en los caminos
quizá merezca ser amado un tiempo
una vez muerto.
No digo recordado, digo amado.
Después, como todos,
mereceré los olvidos que imponen los afanes por lo nuevo.
Pero antes de olvidarme,
si sientes que te he amado,
ámame.
Quien ama a quien le ha amado
se ama a sí mismo
y en ese amor bulle la vida.

En ese amor, tu amor por ti,
vivirán siempre aquellos que sembraron con su amor tu amor.

Si ellos pudieran seguir viviendo en ti, 
no les importaría morir. Ámalos.
Yo, por mi parte y mal que bien, 
seguiré por aquí, 
en busca de otro amor eterno.

Hierve la vida

En las aguas oscuras
del estanque de azulejos agrietados, viejos,
han nacido estos días muchos peces casi blancos.
La vida hierve.

¿Vienes a verla?