viernes, 30 de septiembre de 2016

Ser mar

Quiero ser mar.
Me gusta rodearme de horizontes 
y sentir cómo navegas por mis aguas
Hazlo. No temas, no soy un mar sin orillas.

Lleva el timón y que el viento te ayude
si sabes alzar las velas.
¿Has visto la luna esta noche?
Riela en mí. Mírame para verla.
Mañana no me mires demasiado,
seré espejo del sol y el sol te cegaría.
Busca la tierra y cuando te acerques al final de mi
avistarás las luces de la verbena,
de la intensa y breve verbena de la vida.
Será el momento, tal vez,
de arriar velas y de echar pie a tierra
para unirte al baile.

Yo iré después. Quizás.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Hablan las cosas

Mi voz se calla para respetar el silencio de los que callan voluntariamente
Trata mi voz callada de evitar a los secuestradores de palabras y de ideas,
a los que reparten mordazas que no están hechas ya de trapo
sino de sus propios parloteos groseros.
A veces, sin embargo, asoman entre gritos las voces de las cosas
y aquellos que callamos, escuchamos.
Ahí enfrente, los que tratan de ahogar las certeras palabras
con palabreos que no dicen nada,
no saben ni sabrán cómo acallar las voces tranquilas de las cosas.

Y nosotros —activos escuchantes de la vida—
aprendemos de las cosas que nos hablan,
acopiamos enseñanzas sorteando el guirigay de los parleros,
de los mustios parleros que no entienden
el idioma inteligente de las cosas.
Los parleros se exaltan, gritan, tienen miedo. Nadie ya les hace caso.
Hablan las cosas y no hay manera de callarlas.
Escuchemos.

jueves, 22 de septiembre de 2016

El fuego de la noche

Eran las primeras tardes del otoño
declinada el sol tras las montañas
los reflejos rosados del ocaso
bullían en tus ojos y en los míos
mientras en nuestras entrañas
prendía el fuego de la noche.

Ido el sol,
tus labios y mis labios
eran ríos de fuego
que encendían al oscuro mar. 

Un cielo con luna roja
en la ventana
dejaba caricias rosa
en nuestra cama.

Tu vida y mi vida
ardían en el fuego de la noche.

El cielo y el fuego
Tu fuego y mi cielo
Tu vida y mi vida
eran más que mil vidas
que encendían mil fuegos
en miles de cielos.

Perdidas y ardientes en el fuego de la noche
tu vida y mi vida 
dos llamas
eran todas las llamas.

Tu vida y mi vida
ardían en el fuego de la noche
¿recuerdas?
Y eran más que mil vidas
Eran más que mil llamas

Eran todas las vidas.
Eran el fuego.

lunes, 19 de septiembre de 2016

El vestido 'vintage'

Ese vestido gris que llevas hoy 

con rayas verticales en azul,

ajustado a tu cuerpo, sin exceso,

abotonado todo,

del escote en pico a las rodillas,

esmalta tu figura

con esa elegancia mañanera tuya,

inconfundible.

 

--¿Te gusta?

Es de una colección vintage,

inspirada en antiguos vestuarios de trabajo.

--Su sencillez es su virtud.

Me recuerda que en mi adolescencia

en un viaje,

me alojé en un albergue juvenil

y allí las camareras

llevaban uniformes parecidos.

--¿Eran jóvenes?

--Sí, todas. A excepción de la encargada.

--¿Bonitas?

--Casi todas. Había una morena muy salada. De ojos grandes.

--¿La mirabas a los ojos?

--¡Claro! No iba a mirarle solamente los botones del vestido... 

--Claro, ja ja, claro.

Una noche, después de la cena, coincidimos en la calle...

--¡Fue casualidad, seguro!

--Lo pareció.

La acompañé a su casa, paseando.

No vivía lejos y charlamos un poquito.

Llevaba otras ropas muy holgadas.

No la favorecían.

--¿No se lo dirías…?

--Casi. Solo le comenté que le quedaba muy bien el uniforme…

Se rió.

--Ya.

Querida, no vayas a creer…

--Eres un insolente.

--…no vayas a creer que tu vestido, tan moderno, vintage, tan elegante…

--Mi vestido, cuando lo llevo puesto, es incomparable.

Como yo misma.

--Eres incomparablemente bella. Con vestido o sin vestido…

--Sin vestido no me vas a ver a hoy.

--Pero ¿no íbamos a pasar la noche juntos, después del cine?

--No. Se me olvidó decirte que mañana estoy copada de trabajo.

--Pero, amor mío…

--No hay peros ya que valgan. ¿Me acompañarás a casa?

--Por supuesto… aunque si no toda la noche, podemos... un ratito…

--No. Ni un rato ni un ratito. 

¿Qué pasó con la morena, aquella noche?

--Nada, nada. La dejé a la puerta de su casa.

--¿Seguro?

--Seguro. Ya te he dicho que vestida de calle era otra cosa…

--¡Ja! Seguro. Tenías ¿cuántos años?

--Dieciséis.

--Eres un embustero.

Insolente, metepatas y embustero.

--¡Cielo mío…!

--¿Qué pasó con la morena aquella noche?

--¡Aquella noche, nada!

--¡Lo sabía! ¡Aquella noche, la primera, nada! 

Sabía que mentías y que estabas pensando en cosas tuyas

desde que has empezado a hablar de mi vestido.

Me voy a casa.

--¿No quieres ir al cine?

--Ya no.

--Te acompaño.

--No. Tomaré ese taxi.

--¿Nos vemos mañana?

--No. A no ser que me cuentes qué pasó con la morena.

--Nada, nada. Te lo juro.

--Hasta otro día, guapo.

--¡Cielo mío…!

--Adiós.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El hombre que nació en una ciudad sin puentes

Nací en una ciudad donde no había puentes.
¿Qué era un puente?
Algo parecido a la pasarela que cruzaba la vía del tren,
allá a lo lejos, pasado el arrabal,
o a la que salía en una foto del libro de mi hermana,
que ya iba al colegio.

Un día oí que le decían a mi padre:
Tendréis que iros a vivir bajo un puente,
¿Cómo se vivirá bajo los puentes? –me preguntaba,
figurándome a mi madre disponiendo los enseres junto a la pared
Una pared como la de mi habitación, algo más alta…

Al año siguiente también yo fui al colegio
Y tuve mis primeros cuadernos y allí dibujé casas con ventanas,
árboles (me gustaba emborronar de verde las supuestas copas)
y hasta, una vez, un pozo, según la lámina que nos mostraba la maestra.
Nunca dibujé un puente.
Ni siquiera cuando mi hermana, ya en tercero,
necesitó otro libro y yo pude empezar a utilizar el suyo
y descubrí que había más imágenes con puentes.

La verdad es que los niños de mi clase
nunca hablaban de puentes.
Yo tampoco.
Era, además, muy callado.
Hijo de familia pobre, tenía pocas cosas de qué hablar.
Llegó, no obstante, un domingo en que en casa festejamos algo,
no recuerdo qué, y mi padre,
que siempre traía diarios atrasados del trabajo para leerlos en sus horas de asueto y compartirlos con mi madre,
fue a comprar el del día, todo un lujo… y
¡mira qué bien! llevaba un suplemento a color,
una revista con ¡un tebeo dentro!
En ese tebeo
descubrí que un puente era la casa de Carpanta,
un hombre hambriento que soñaba pollos guisados…
Carpanta, por Escobar. Me fascinó.

Pasó el tiempo y mis padres murieron.
Mi hermana se había casado 
nada más cumplir los 20 
con un señor aparentemente rico 
y se fueron a vivir al Alentejo, a Portugal.
Yo me quedé en mi pequeña ciudad sin puentes
y tratando de ser menos pobre cada día
monté un pequeño negocio.

Cuando conocí a Anaïs me pareció que el mundo se volvía hermoso.
Nos casamos. Tuvimos una hija… ¡qué bonita!
El negocio no iba mal. Llegué a tener tres operarios en plantilla…
Pero poco a poco las cosas empezaron a ir a menos.
Me quedé solo en la empresa.
En casa no podíamos llegar a fin de mes.
La familia de Anaïs vino a buscarla y se la llevó con la niña…
Hasta que las cosas mejoren --dijeron.

Yo, completamente solo en mi ciudad sin puentes,
empecé a descubrir la verdadera infelicidad.
Cuando el último de mis clientes devolvió al banco mi recibo
y ya no pude pagar los alquileres,
comprendí que los pobres no debemos progresar demasiado,
que la clase de tropa solo debe obedecer,
que los que ascienden en el escalafón social son un espejismo, una trampa…
Lo comprendí tan bien que creí que no debía pedir ayuda.
Me embargaron. Me desahuciaron.
Me dejaron en la calle.
En una calle de una ciudad sin puentes…
Tengo hambre.
Sueño con los pollos asados que dibujaba Escobar
y recuerdo al querido Carpanta, allá, bajo su puente,
mientras tendido sobre una manta, en el suelo,
busco una posición en que la espalda no me duela tanto.
Llueve.

Qué suerte que en esta ciudad sin puentes haya recintos para cajeros automáticos: Obra Social de la Caja, creo que los llaman.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Luna y sal

La primera vez que nos vimos estábamos desnudos,
una mañana,
pero fue una noche en que llevabas una blusa verde,
a juego con el rimmel de tu ojos 
y a juego con las ágatas de la pulsera que bailaba en tu muñeca,
cuando sentí por ti una atracción incontrolable.

¿De nuevo usted? –dijiste.
Es un placer volverla a ver 
y con esa elegante blusa verde, mucho más –repuse.
También lo es para mí, me divierte ver la picardía de sus ojos.
¿Picardía? No sé… 
Tienen un bonito brillo, sus ojos.
Será que el color verde me encandila.
¿Se ha puesto usted colirio?
No, usted es mi colirio.
¿Yo? ¡Ja! ¿No era el color verde…?
El verde con usted es más hermoso.
No me halagué más. 
Ya había adivinado que sus gustos 
no son distintos a los míos, al menos en colores.

¿Conoce a mucha gente en esta fiesta?
Tan solo al anfitrión. 
Y usted ¿es amiga de su esposa? La he visto hablar con ella.
Sí, somos amigas 
y ya me ha comentado que usted es divertido e interesante.
¿Yo? Si apenas me conoce… 
¡me está tomando el pelo!
No lo crea. Usted le gusta, me parece.
¿Se lo ha dicho?
No ha hecho falta, ja ja ja.
¡Vaya! A ver si estoy aquí metiéndome en un lío…
Tal vez no debería quedarse mucho rato… ja ja ja.
Sería lo prudente, pero no quiero decirle a usted adiós tan pronto.
Ah, no me quedaré sola. 
Eso es lo malo.
¿Es usted celoso?
Un poco.
¿Por qué no vamos paseando hasta la playa?
¿También es lo prudente para usted?
¿Le gusta usted a alguien en la fiesta?
Gusto a todos. 
Ah. No me había dado cuenta de que gustara a tantos…
Yo sí… Y también me lo ha dicho la dueña de la casa.
Nos echarán de menos, si nos vamos.
Ahora no, empiezan con sus parlamentos.
Estamos un poco retirados, no se darán cuenta.

¿Te gustaría bañarte?
¿Contigo? Claro. 
Me gustaría verte otra vez desnuda. Hay media luna.
¿Ya no te gusta el color verde?
Mucho… pero me gustaría más que vieras en mis ojos el brillo de la luna.
Necesitamos una toalla.
¿Una sola?
Una sola, un poco grande. Voy a por ella. Ya la devolveremos.

¿Vamos a nuestra playa?
¿La nudista?
Claro. La playa en que ayer nos conocimos.
Hay un trecho.
Llevo unos zapatos bajos, podemos pasear si te apetece.
Tal vez por el camino… trataré de darte un beso.
No tardes en hacerlo, o seré yo quien te lo dé primero.

¿Has visto? Hay peces que saltan.
Sí, la luna se refleja en sus escamas.
También hay luna en tu piel, 
luna y sal. 
Es la sal del agua oscura que nos besa.
La sal enamorada del azúcar de tu boca. 

¿Volveremos algún día a esta playa?
Seguro que sí.
¿Lo prometes?
Lo prometo. Algún día y quizá también alguna noche.
¿Los dos juntos?
¿Juntos? Eso el tiempo lo dirá.

Ahora estamos en el agua, desnudos, saboreando el deseo. 
Nada puede ser más grato. Luna y sal.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Esa mujer que fuma demasiado

La mujer que yo deseo y tal vez amo
fuma demasiado.
Tiene las cejas oscuras y pobladas
dispuestas, bien dispuestas, 
sobre unos ojos que bailan, siempre bailan,
excitados por una polirritmia interna 
que no cesa.

La mujer que yo amo y que deseo a veces
fuma demasiado.
Enciende un cigarrillo… lo olvida en el cenicero.
Se me acerca como para darme un beso
pero busca entre sus dedos el pitillo.
No lo encuentra y busca otro…
Y yo sin beso.
No importa, que la boca le huele a ese tabaco infame.
Debe tener esta noche los dientes amarillos.
Enciende un cigarrillo más, y me sonríe.
No le veo los dientes.
Echa el humo hacia lo alto. No me mira.
Tal vez si sigue así, fumando tanto,
también el techo se pondrá amarillo.
Me serviré una copa de ron blanco
que no mancha los dientes.
Ella me pide otra, pero dice que lo prefiere añejo,
Ah, no, prefiere whisky, o tal vez cava, o…

Esa mujer que a mi me gusta tanto y tanto,
una mujer que siempre dice que sabe lo que quiere…
cosa cierta,
aunque cambie de querer constantemente.

No fumes tanto, compañera.
Te deseo.
La habitación esta llena de humo.
¿Quieres que bailemos?
Con esa música que ti te gusta…. no,
ya bailaremos
¿Salimos al balcón un rato?
Bien, pero hace frío.
Tomaremos otro ron, o lo que quieras. No fumes.
Quiero darte un beso.
No lo quiero.
Fumas demasiado.
Yo no fumo nunca,
o casi nunca,
hombre querido.
Solo fumo cuando estoy contigo…
Me libero de todos mis planes y proyectos.
Estoy contigo bien
y me enamoro otra vez de ti
como aquel día…
Entonces no fumabas.
No tenía tabaco.
No te conviene verme
Sí, me gusta. Me gusta estar contigo.
Y olvidar a tu lado mis afanes.
Y fumas
Es verdad, pero resulta que no es fácil
dejar a un lado las cosas que una quiere
aunque estés junto a alguien a quien quieres,
eso me inquieta y si me inquieto, fumo.
Ah, si me quisieras querer siempre
No lo quiero
Te querría demasiado.
Y nunca fumaría
Pero en este momento de mi vida
tengo pendientes muchas cosas
y no puedo quererte… sin fumar.
Tienes, nena, demasiados humos,
Ahora estoy contigo, nene. Estoy contigo.
Mira mis tetas…
Tócalas,
Tócalas, no quiero encender otro pitillo
¿Me quieres?
¡No! Tienes demasiados humos.
Vamos a la cama, nene,
tengo prisa,
mañana en la mañana me voy para Venecia
Cuando llegues al embarcadero de San Marcos te tomas un bellini
que es un trago suave,
No sé… 
¿qué es eso, un cóctel de amor?
¡Sigue abrazándome!
Me parece que te amo…
Ya no tengo humos.
Te deseo, soy tuya,
me parece que he bebido demasiado
¿Te gusto?
Me gustas mucho, nena, y a veces hasta
pienso que te amo…
Yo también te amo
Y ya no tengo humos
Ya soy tuya
Toda tuya
Yo ya era tuyo antes… pero tus humos...
Nena, esto es muy rico
Después nos preparamos un bellini.
Ya lo creo. Te amo. Te am...
No te duermas
¡No te duermas!
¡Te has dormido!
Yo también tengo sueño…
Hemos bebido demasiado
Nena, despierta un poco 
solo unos minutos.
No me gusta hacer el amor
con un cadáver
¿A qué hora sale tu avión para Venecia?
Vaya, ni con esas te despiertas…
Dormiremos.
Mañana será otro día.
Dormiremos.
Y si pierdes ese avión… hay otros vuelos…
El Gran Canal esperará por ti.

Me la imagino en Venecia con resaca y sin fumar.
Aunque sé que no le bajarán los humos.

domingo, 11 de septiembre de 2016

El taxista

La cara que pone ese taxista
es la de un hombre que hace ver que nada escucha,
pero se nota que tiene los oídos como antenas.
Tal vez es un espía que hace el taxi
y que sigue a los agentes de algún bando
para obtener información de sus engaños
entregársela a los otros,
esos que quieren ser dueños de lo cierto 
para seguir vendiéndonos lo falso.

Este hombre que conduce el taxi nos escucha,
se percibe en su careta indiferente
y en la fuerza con que agarra su volante.

Deberías callar, ser más discreta.
No estás en Nueva York, querida.
Estás de nuevo en tu ciudad chismosa
y pudiera ser que corriera alguna voz sobre tus cuitas, 
aderezada con especulaciones 
sobre la relación candente entre nosotros.

Este taxista tal vez no es un espía,
pero ahora sabe demasiado.
Habrá que eliminarle si no callas.