martes, 8 de noviembre de 2016

Las piedras del camino


Mira que morirse un 6 de noviembre,
igual que en el setenta Agustín Lara,
otro flaco,
otro amante de la música, 
otro amante de sus amantes.

Los hombres apasionados aman a la música,
a la poesía y a las piedras del camino por igual.

Lara, como tantos, tantos flacos, amó mucho
y a menudo indebidamente
si es que hay amores indebidos
y se definió como cursi,
aunque, la verdad,
sin serlo en la medida en que juzgaron algunos.

Las casualidades no encierran mensajes
que deban ser leídos según razones ocultas
como quieren creer los que no se creen a sí mismos,
los que no saben navegar por su cerebro.

Yo, esperando un viento fuerte,
el que "me lleve a mi sitio", que decía León Felipe,
navego todos los días por el interior de mi cabeza.
Y esta noche he recalado en un puerto
donde estaba varado mi amigo Enrique,
el que se ha muerto un 6 de noviembre
como Agustín Lara,
y hemos empezado a conversar
sobre si es jodida o no la muerte.

¿Es jodida la muerte?
Es jodida, me ha respondido,
aunque sin convicción,
cosa rara en él.
Tal vez estaba dilucidando si es bueno
morir liberándose del dolor físico
y gozando, a la vez, 
de la intensidad emocional
que alentó su vida
hasta el último instante.

No es tan jodidale he dicho yo.
El que ha vivido y ha amado:
a la música, a las mujeres y a las piedras,
no muere nunca del todo
porque perduran sus afectos 
en las personas y en las cosas.

Hasta que esas cosas no desaparezcan,
es decir, mientras vivan las personas,
las músicas, del guanguancó a Bach,
y permanezcan las piedras en el camino,
uno no muere.

Tal vez no sea tan jodida la muerte,
ha contestado.
 Aunque se ha quedado pensativo.

(8-XI-2016)

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