lunes, 8 de agosto de 2016

Los celos de Susana

Me amaste altiva la primera noche.
Querías mandar en mi cuerpo
como en la mente de tu hermosa amiga,
aquella Claudia que me gustaba tanto
y que resolviste apartar de nuestras vidas.

Yo deseaba tu amor y fui muy tolerante
también con tus caprichos de mujer
que no aceptaba el norte que la vida,
sin pedirle nada a cambio, le brindaba.
Yo no quería que aquello se quedara en nada.

Me amaste con furia la segunda noche
y me besaste hasta con odio algunas veces
para borrar tal vez los signos de ternura
cabalgando suicida hacia el abismo
que mi amor para ti simbolizaba.

Estabas perdiendo a tu mujer amada
—un pensamiento que te censurabas—
por un hombre al que sobre todo deseabas
cuando con ella cruzaba su mirada.

Me amaste con celos y más celos
noche a noche
adivinando que era a tu dulce amiga
y no a ti a quien yo en tus besos encontraba.

Discretamente, yo solo sonreía
cuando de ella con pasión me platicabas.
Pero un día fui yo quien empezó a decir
¡Cuán bella y dulce es Claudia! la amiga de Susana, 
mi Susana.

Empezaste a admitir entonces, claramente,
que era a ella y no a mí a quien adorabas
y comprendiste tu pasión lesbiana.
Nuestra última noche de amor fue desgraciada.

¡Ay, Susana, nos perdimos!
Y yo echo de menos a tu hermosa amiga
la muchacha que a través de tu cuerpo
yo abrazaba cuando tú me amabas.

Y tú, querida, también echas de menos
la mirada de Claudia en mi mirada…
Los celos, el deseo y la pasión
que en mi cuerpo con furia derrochabas.

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