lunes, 28 de septiembre de 2015

Tus manos

En las mañanas, a veces,
mis ojos miran a tus manos.

Me gusta mirar tus manos:
tus manos quietas,
y también cuando las alzas
con arte de bailaora
para dibujar ensueños
en las luces de la aurora

Cuando las mañanas frías
me gusta sentir tus manos
entre las mías:
que su calidez despeje
el horizonte del día

Tus manos blancas
como tu risa
Tus manos limpias
como tus ojos
Tus manos francas
entre las mías.
Tus manos quiero
todos los días

domingo, 27 de septiembre de 2015

Interrogante

Interrogante:
Por un instante
estás distante
¿dónde está el dueño
de tu emoción?

Interrogante:
sigues ausente
tus ojos brillan
¿dónde está el sueño
de tu pasión?

Interrogante:
Eres constante
No lo eras antes
¿qué te cambió?

sábado, 26 de septiembre de 2015

Tu nombre

Me gusta tanto tu nombre
que no me atrevo a decirlo
al cantarte mi canción

Tu nombre es una palabra
y en mis palabras no encuentro
palabras para tu nombre

Mudo estoy para llamarte
pero si me das un beso
tal vez recobre la voz

Y aunque no diga tu nombre
te pediré que me beses
otra vez y más de dos

Quizá después, abrazados,
bastará con susurrar
algunos nombres de estrellas
que no sabemos nombrar

jueves, 17 de septiembre de 2015

Fábula número 7

Esa morena es esbelta y sus facciones son como de fina porcelana, pero no atina a sonreír.
Siendo niña, cuando supo aquello que nunca hubiera querido saber: que había otras niñas en su calle y en su cole tan lindas como ella, se le cayeron para siempre las comisuras de los labios.

La conocí en uno de mis sueños estrambóticos, cuando ella ya tenía media melena que descansaba sobre sus hombros blancos que asomaban de los anchos tirantes de su vestidito de flores, y la llevé a conocer el mundo de los conejitos sabios.
Le expliqué que aquellos conejos eran felices viviendo en un territorio sin gatos ni tigres ni cazadores, pero no solo por ello… que una cosa es la seguridad y otra la felicidad, aquellos conejos eran felices porque habían creado, injerto tras injerto, las zanahorias de colores, de todos los colores.

La satisfacción de haber creado zanahorias que alternaban el color zanahoria de las zanahorias con el morado de los higos, el azul de amapola azul, el verde oliva picual, el negro azabache, el rosa pimienta rosa, el dorado pepitas de oro, el gris arena gris, el amarillo de carne de papa negra, el negro aceituna de Aragón... les hizo felices para siempre y siempre tenían las orejas levantadas, sin tensión… dulcemente empinadas.
Eran felices a casi todas horas, pero a menudo no lo parecían, simulaban estar enfadados, discutían entre ellos; los conejos creadores de las zanahorias de colores dudaban de las medidas que tomaban contra las invasiones de ratas los conejos administradores de medidas antirratas… pero nunca agachaban las orejas y regresaban a la plena felicidad en cuanto miraban a sus campos sembrados, porque sabían que la tierra estaba llena de colores gracias a su esfuerzo creador y se sentían dichosos y sabios.

En su vida real, la morena, poco a poco, día tras día, año tras año, aprendió a enderezar las comisuras de sus labios. Después de haber accedido al puesto de dependienta en La Taranta, una tienda de castañuelas atendida por personal de chispeantes sonrisas, consiguió aparentar que era una garbosa vendedora de castañuelas.
Pero pese a su esfuerzo y a la amabilidad natural del resto de los integrantes de la plantilla, las castañuelas iban dejando de tener demanda: se jubiló el viejo pintor que las decoraba con oficio de artista impresionista y que en pocas pinceladas dejaba en su piel de madera atractivas bailaoras de colores. La venta de castañuelas sin pintar era muy baja y ya no hacían falta las sonrisas forzadas de los dependientes en una tienda que acabó por convertirse en tienda online de castañuelas negras y lisas que solo despachaban por correo bajo pedido confirmado y pagado.

La morena seguía sin sonreír con naturalidad, pero tenía un tipazo… y se hizo camarera/modelo de camisetas aparentemente húmedas o mojadas en una sala de fiestas que operaba como discoteca retro y que era frecuentada por rubias (teñidas) gorditas, gordas y medio gorditas, que sonreían siempre a los hombres que, por un momento, dejaban de admirar a la camarera morena de la camiseta mojada que apenas sonreía pero que tenía siempre los pezones tiesos cuando servía los combinados de moda (yintónics de ginebra de Mahón, a la sazón).
Había un gordita de moderados michelines que tenía un sonreír amable, generoso y dulce. La vi aquella tarde/noche de otoño en que, pasado el caluroso verano, todavía vestía con manga corta y mostraba unos brazos color paja bien torneados, suficientemente fuertes para un primer abrazo apasionado…
Nunca me hubiera fijado en aquella rubia como me fijé en ese momento… con el desdén de un hombre sobrado de sueños poblados de hermosas mujeres de largas melenas de negro azabache que, por fin, había encontrado, tras la barra de una disco retro, a aquella niña sin sonrisa a la que había tratado de instruir en la felicidad a través de un viaje por el país de los conejos inventores de las zanahorias de colores esperando que un día se le alzaran las comisuras de los labios al igual que se erguían los pezones de aquella camarera bajo la camiseta húmeda, la esbelta camarera que servía yintonics a las rubias gorditas que la miraban a los ojos y los a hombres que solo tenían ojos para sus tetas.
Le pedí yo también un yintonic. Me lo sirvió. Pero, ay, la ginebra era de garrafa… Eso me jodió. Olvidé mis sueños. Olvidé sus pezones. Miré a la rubia gordita y ella me sonrió… y yo también a ella. Nos brillaron lo ojos. La tomé por la cintura, apreté su michelín. Nos empatamos.
Y aquel otoño fue el más feliz de mi vida.


Nota: La rubia y yo nos casamos. Ahora no somos tan felices, pero seguimos deseándonos un día a la semana, generalmente los sábados. De la morena de mis sueños no me había acordado más, pero resulta que trabaja en el servicio de Atención al Cliente de una compañía de telefonía y me llamó el otro día para venderme un terminal o una tableta o una línea extra o...  Oh. La morena. Adiviné que seguía sin saber sonreír. No le compré nada.


domingo, 13 de septiembre de 2015

Siesta de verano
















La siesta larga de las tardes verano
es conveniente para el cuerpo y el cerebro.
En días de calor intenso nos exime
de tener que soltar maldiciones al bochorno

Las siestas de verano son como un acceso al limbo
para huir del calor que nos asfixia.

En las siestas de verano bullen sueños.
Son, a veces, las siestas más lúcidas del año:
conservamos la inquietud estando quietos
y trocamos el sopor en un empeño:
renovar el magín con las imágenes
que nacen en el breve sueño.

viernes, 11 de septiembre de 2015