viernes, 30 de octubre de 2015

Un confuso indicio

Mis ensueños a menudo
me llevan a una casa
con grandes ventanales
mirando al infinito.

Mis ensueños se quedan otras veces en un cuarto,
con mesa de madera, algunos libros, Bach,
algún papel en blanco,
un lápiz:
por si preciso anotar algo o dibujarlo
mientras siento la luz solar por compañía,
del alba hasta el ocaso.

¿Para qué quiero una casa y ese cuarto 
en este ensueño?
¿Para estar solo, confortablemente solo?
¿Para escuchar el viento?
¿Para escuchar algunos sones viejos,
sintiendo al mismo tiempo mi silencio
que se funde con música y silencios?
¿Para pensar mi silencio en armonía
con todos los silencios?

No sé… y no sé si me olvido
de que una casa es un refugio
pero es también una antesala confortable
para esperar la llamada de la muerte.
Y no debo olvidarme de que aquellos que salimos a su encuentro,
al encuentro de la muerte, un día y otro día,
estamos vivos… por eso,
únicamente.

¿Para qué una casa… habiendo tantas casas,
si puedo visitar muchas de ellas,
gozarlas como huésped? me pregunto.
Tal vez estoy cansado
y el cansancio
es un confuso indicio
del final del camino hacia la muerte.

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