viernes, 31 de julio de 2015

Memoria del deseo

Una sucesión de evocaciones
acompaña nuestro encuentro:
los dos juntos vivimos buenos momentos.
Ïbamos a comprar a la misma hora
a las tiendas de legumbres del barrio,
y allí charlábamos.
Una vez fuimos juntos a la heladería,
yo iba a buscar horchata fresca y recién hecha
y tú también querías llevarte una botella.
Me invitaste a un helado.
Paseamos.
Al llegar a nuestras respectivas casas, 
las horchatas estaban calientes.
Era verano y ambos éramos fuego.
Al día siguiente, otro helado. Invité yo. 
La vainilla y el chocolate resbalaban por las comisuras de tus labios
y los míos.
En el parque, al anochecer, tras aquel árbol… Éramos fuego.
Llegó el otoño, el invierno… y éramos fuego, aun.
Al año siguiente... la vida pasaba lenta. Éramos brasa.
El calor era dulce, pero la brasa necesitaba ser aventada.
Se consumió.
Pavesas.
Es un paréntesis. Hasta pronto. Te quiero.

Aquellos momentos fueron tan voluptuosos,
tan felices,  
que, ansiosos y con avaricia infantil,
los gastamos por completo y no dejamos nada al porvenir,
ni ambiciones, ni apetitos, ni esperanzas.

Hoy, de nuevo juntos, compartimos recuerdos, pero no sueños.
Y sin sueños dijo un duende cabrón
el presente es todo asfixia.
Nos queda, eso sí,
la memoria del deseo que ambos sentimos,
pero esa humedad que nace ahora en nuestros vientres
lubrica solamente a un refrán viejo:
Nunca segundas partes fueron buenas

Jordi Rueda

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